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El coleccionista se entusiasma, se decepciona, se alegra, se enardece. Para qué, para mostrar el botín a sus amigos, o a sus colegas, cuando los amigos se cansan. El coleccionista, es feliz con objetos que a otros les parecen curiosidades. La sensación de coleccionar es indescriptible, y no se puede transferir. La colección se muestra, pero también se guarda con celo.
El propietario de toda la serie de tocadiscos Wincofon, es capaz de custodiar sus piezas con el mismo fervor que un encargado de la colección completa de Rembrandt. El dueño de toda la serie Olivetti no duda en cargar todo el hierro por sí mismo, para que nadie lo toque, si tiene que mudarse.
El que colecciona participa de una magia extraña, invisible a los otros. En las galeras de los parques, o de Internet, encuentra conejos, flores o palomas que sólo unos pocos pueden descubrir. Los encuentra, o los ve desaparecer, impotente, en las manos de otro, o en la misma galera que los mostró.
Acaso los coleccionistas, sin saberlo, somos cada vez más. No lo sabemos. Pero lo que sí sabemos, es que cada vez hay menos de aquello que buscamos, no importa el tipo de objetos que estemos buscando. Acaso el afán de coleccionar juguetes, revistas o radios viejas no sea más que un intento de reencontrarse con otros tiempos.
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