La coleccion mas estupida

Miércoles, 23 Julio   

Con la llegada de la cartoná el quiosco se inunda de los más variopintos coleccionables. No hay en este espacio lugar (ni ganas) para un análisis detallado de todo lo que puede llegar a ofrecerse por estas fechas, así que este año nos centraremos en destacar lo más espectacular, agrupándolo en varias categorías. Habrá tiempo para escoger la colección más interesante o el embalaje más desproporcionado, pero no puedo resistirme a empezar por la colección más estúpida.

Soy consciente de que el apelativo en cuestión podría resultar ofensivo para alguien que, por ejemplo, haya iniciado alguna de estas colecciones. Líbreme Dios de considerar estúpido a quien compra colecciones estúpidas. Los quiosqueros podemos considerar nauseabundo parte del género que vendemos pero sentimos gran respeto y estima por quien nos libra de él y jamás juzgamos a alguien por sus gustos. Con el tiempo he aprendido que, cuando hablamos de productos culturales, ninguno es una mierda. Si te lo parece, simplemente no eres público objetivo. (A modo de ejemplo: Bustamante no es una mierda de cantante. Si sus canciones me producen náuseas se debe simplemente a que, infeliz de mi, no soy su público objetivo).

Los quiosqueros, en definitiva, somos conscientes de la infinidad de motivos por los cuales alguien puede verse arrastrado a comprar un producto. Es mucho más estúpido el que, por ejemplo, se disculpa avergonzado por comprar un diario deportivo que el que arramba con todos y los disfruta sin importarle qué pensaremos de él. Mucho más el que esconde el Hola y el Interviu entre El País y Expansión que el que comenta las portadas con los parroquianos partido de risa.

De hecho, la cartoná es la consecuencia de un sinfín de motivaciones psicoeconómicas que se confabulan precisamente para impulsarnos a comprar cosas que no necesitamos. A modo de resumen diré que los cartonistas diseñan sus colecciones para lanzarlas a la yugular de un ciudadanito de a pie que vuelve de sus vacaciones con los bolsillos vacíos y una depresión de caballo. Cuando llega al quiosco a buscar el periódico o un paquete de tabaco es inmediatamente asaltado por la visión de un sinfín de productos baratísimos (esos números uno…) que, pese a resultarle inútiles, le ofrecen una nueva ilusión que podrá satisfacer en cómodos plazos, cada semanita, durante un tiempo indefinido.

La colección más estúpida del año puede ser, en definitiva, una pasajera fuente de alegrías para un cliente desesperado al tiempo que un ínfimo porcentaje del sustento de su quiosquero.

En los últimos años hemos recibido por estas fechas desde completísimos kits para montarse pedrusco a pedrusco el escenario de la batalla de Waterloo hasta miniteteras de porcelana de dudosa procedencia, pasando por miniaturas de latón de cualquier marca de coche, muñecas diabólicas con mil disfraces o chapas de cava de diseño que jamás han estado en contacto con el corcho de una botella. Incluso un ilustre cliente llegó a completar las cincuenta y tantas miniaturas de plástico que conformaban una colección sobre setas. Colecciones estúpidas para un quiosquero que no es público objetivo, pero sin duda de vital importancia para aquellos que se acercaron semanalmente al quiosco a interesarse por el fasciculito de marras que se retrasaba dos días en salir.

En los próximos días presentaré algunas de las colecciones que más me han llamado la atención este año. Algunas me parecen estúpidas porque no sirven para nada. Otras porque condenan al comprador a un interminable trabajo de chinos cuyo resultado no podrá disfrutar hasta dentro de un par de años. La mayoría porque no puedo imaginar dónde leches encontrarán sitio para colocarlas.

A la espera de vuestras propuestas y comentarios os adelanto algunas pistas. Un curso de ajedrez para aprendices de mago, un sinfín de botes vacíos o, novedad de próxima aparición, una colección de bichos. Sí, sí. De bichos. Cómo mola ser público subjetivo.